Dulce y sublime final
Realzaba entre la niebla
camufladamente,
en la susurrante sombra del silencio
desde siempre,
en la callada tormenta del amanecer.
Parecía un ángel y un demonio a la vez,
que con su blancas vestiduras y su vaga mirada,
con el humo de su cigarro y la bruma se disfrazaba.
Con su horrorífica hermosura que cada vez más me seducía,
y el sosiego perpetuo que con su mano me extendía.
“¡Piedad, por favor!”, fue mi cuita zozobrante,
“Te muestro piedad”, respondió con un solaz donaire;
sentí temor,
la epifanía de la curiosidad y la desesperación
mi corazón adormeció;
sentí dolor,
el regocijo y la nostalgia
en el letargo crepúsculo padeció;
y la penumbra sepulcral
los reclamantes lamentos de la desesperación acalló
“¿De qué sirvió el esfuerzo y la bondad
para tan amargo final?”,
sólo eso pude preguntar;
“Dulce o amargo, es el final,
está al terminar,
está al comenzar,
es el reloj que marca el momento,
la aguja que nunca se postra ante el oeste,
el pálpito postrímero que a cada paso perece.
Es el vestigio de tu Ser
que alcanza la Inmortalidad,
la Inmortalidad de entender
que el eco eterno en la memoria ajena por siempre rugirá.”
En el helado aliento de mi cuerpo yermado,
La Muerte mi puerta abrió,
y entre el asombro y la desolación,
el temor se disipó.
Cuando en la alborada alba prometida,
mi respiración en el ocaso ha de menester,
reunido el cónclave de las almas
en el eterno anochecer.
