Ramona Cienfuegos salió de la cárcel como entró, esposada con sus brazos por detrás del cuerpo, con el vestido azul corto y en tela transparente de seda que tanto le gustaba, y que se volvió símbolo de la libertad femenina en aquellos días de marchas y convulsión, pero sobre todo, salió con la frente en alto, orgullosa, altiva, segura y dueña de su andar, tal y como se lo había imaginado 12 meses atrás, cuando entró a la Cárcel Femenina del Distrito. En la calle, en los noticieros, en las universidades, en la radio, en la prensa escrita, en redes sociales, en todos lados la conocían como la Leona Ramona, tal vez por su cabellera abundante que llevaba siempre suelta y llena de brillo, o quizá por su personalidad repleta de fiereza, mando, rebeldía, dominio y liderazgo.
La Leona, hermosa, de piernas gruesas, pechos erguidos y redondos, curvas desafiantes y con la juventud que la hacía invencible, no quiso que le quitaran las esposas sino hasta cuando estuviera en frente de todas las cámaras de televisión, que la esperaban en la puerta del centro de reclusión para registrar el triunfo de la libertad rebelde. Con cada paso hacia la libertad, Ramona recordaba sus luchas por un mundo en donde la mujer pudiera pensar, hablar y actuar conforme sus convicciones y no bajo reglas creadas para limitarla o juzgarla. La Leona se imaginaba y soñaba siempre con una sociedad totalmente distinta a la que vivía, era un pensamiento que la acompañaba desde siempre, sobre todo, durante sus días de reclusión, en donde tuvo tiempo de perfeccionar en sus reflexiones toda clase de planes, ideas y proyectos para el logro de la igualdad real entre hombres y mujeres. No podía dejar de pensar y soñar con una sociedad en donde una mujer pudiera decidir y escoger, tan sólo limitada por su voluntad, sabiduría, independencia y conciencia, entre ser ama de casa, ejecutiva, madre de muchos niños, ingeniera, deportista, madre soltera, prostituta, enfermera, esposa sumisa, no ser madre nunca, decoradora de interiores, CEO en Silicon Valley, vendedora de aguacates, o presidente de la república.
Fueron muchos los golpes recibidos durante sus años de lucha, pero la Leona Ramona estaba decidida a dejar tatuado en la mente de todos en el planeta, el mensaje de libertad femenina que tanto repetía en las miles de manifestaciones a las que había asistido… “MUJERES QUE PIENSAN, MUJERES QUE DECIDEN, MUJERES QUE PUEDEN”. No se cansaba de repetirle a todos los hombres que conocía, que su interés era el de lograr igualdad en todos los escenarios de la cotidianidad social, lo que significaba que no estaba interesaba en robar espacios masculinos, como se lo reclamaban algunos de sus interlocutores, sino en transformar la sociedad con el propósito de generar espacios iguales para ambos, tan sólo mediados por talentos y capacidad de producción. En charlas y entrevistas, en foros y en salones de clase, siempre era increpada por hombres que se intimidaban con sus ideas y con sus planes, pero ella no parecía cansada nunca para explicarles que lo único que quería, era un mejor vivir para sus madres, hermanas, amigas e hijas. Era combativa y rebelde, contestataria y altiva, de voz alta y actitud de guerra, pero siempre se esforzó para que su lucha fuera justa para todos, incluso, para los hombres que habían decidido marginarlas desde el inicio de los tiempos y para las mujeres, no las resignadas y víctimas de la opresión, sino para aquellas que defendían el sistema que las mantenía sometidas.
Al cruzar la puerta del centro de reclusión, dando pasos suaves y respirando aires de libertad con cada poro de su piel rozagante, la Leona recordaba sus días de arengas efusivas, al frente de la marcha de mujeres que pedían y gritaban para que la sociedad les permitiera tomar la decisión de abortar cuando así ellas lo consideraran. La Leona, líder de la marcha, no le importaba recibir insultos en la calle u opiniones adversas de la iglesia o de los medios de comunicación. Para ella, la libertad era el máximo valor por el cual una sociedad debía luchar. Lo repetía en las entrevistas radiales antes de la marcha y lo gritaba a rabiar en las calles durante la manifestación… “Una sociedad debe construirse sobre las bases de la libertad y el respeto, sin libertad no es posible lograr el desarrollo social y sin respeto no es posible la convivencia con armonía.”. No se cansaba de repetirlo y lo hacía con ímpetu e insistencia hasta rabiar, ante la mirada de sacerdotes y monjas que tampoco se cansaban de reprocharla en cualquiera de los escenarios que compartían juntos.
Cuando avanzaba hacia el atrio que la esperaba afuera de la cárcel para hablarle al mundo, a la Leona Ramona la invadían los recuerdos de la última marcha por el respeto a la diversidad de género que apoyó. Se recordaba a si misma portando la bandera con los colores del orgullo gay mientras lideraba, con megáfono en mano, los coros libertarios declamados como salmos responsoriales por la muchedumbre de la manifestación. La Leona, dispuesta a todo para calar su mensaje de libertad y respeto, recorrió toda la marcha vestida como Drag Queen ante las miradas contrastantes de reproche y admiración de miles de ciudadanos agolpados a lado y lado de la vía. Siempre encontraba la mejor manera de entregar su mensaje, algunas veces haciendo uso de recursos teatrales como en esa oportunidad, otras tantas, vestida con traje de sastre ante académicos y científicos, defendiendo sus teorías con argumentos basados en estudios formales; pero sobre todo, siempre encontraba el coraje y el valor para enfrentar los retos que le aparecían en frente de cada una de sus iniciativas.
Subiendo las escalerillas con rumbo hacia los micrófonos, aún esposada y muy orgullosa de su condición judicial, Ramona recordó con nostalgia el día en que vio morir a una de sus compañeras de causa, justo después de salir de una entrevista en donde ambas debatían acerca de las libertades negadas a la mujer en los últimos 50 años, a pesar de las conquistas logradas. El debate, que incluía llamadas del público, estuvo rodeado por la controversia con decenas de expertos ciudadanos que ofrecían todo tipo de argumentos entorno a la libertad femenina. Hubo mensajes de apoyo, lágrimas, risas, insultos por la irreverencia de las panelistas y hasta amenazas, pero la Leona creyó estar acostumbrada a cualquier tipo de opinión adversa o incluso, creyó estar preparada para las amenazas, hasta cuando sintió, al salir de la emisora, el zumbido de la bala pasando cerca de su rostro, un instante después de escuchar la estridente explosión de la pistola accionada a pocos metros de las dos mujeres. Una cayó al suelo sin vida, era su amiga y compañera de luchas, y la otra, ella, la Leona Ramona, quedó viva pero entró en una crisis de ansiedad, paranoia y pánico que la paralizó por semanas, y de la que sólo pudo salir cuando se enteró de la golpiza que recibió su prima de manos de su esposo en una noche cualquiera en que el hombre llegó de rumba, en estado de alicoramiento a las 4 de la madrugada, y se disgustó por no haber encontrado comida caliente para él. La muerte violenta de su amiga no pasó desapercibida para ella, como era de esperarse, luego de recuperarse del shock, la convirtió en una mujer aún más decidida en su lucha, la llenó de razones y de rabias, de motivos y de furia, de argumentos y de acción. Sabía que esas balas eran para ella, así que, una vez que pudo superar el trauma por los acontecimientos, se convenció, por la violencia de sus enemigos, que su lucha estaba caminando por la ruta correcta.
Ya en frente de los micrófonos, encima de la tarima construida para ella, debajo de un cielo azul intenso y un sol radiante que se moría por escucharla, justo antes de hablarle a los medios de comunicación y al público presente, recordaba, con una pequeña sonrisa dibujada con picardía en su rostro, las razones por las cuales la habían encarcelado 12 meses atrás. Para ella, la cárcel nunca fue una opción, cuando reflexionaba sobre esa posibilidad en ocasión a sus actividades revolucionarias, no podía evitar pensar que cualquier tiempo dentro de una prisión, sería un tiempo perdido en su lucha, así que siempre se mantuvo respetuosa de la leyes en cada una de sus protestas por la libertad y la igualdad de las mujeres, pero eso día, al ver a tantas personas y a tantos medios de comunicación agolpados en aquel playón frente a la cárcel para verla, supo que aquellos meses encerrada no se habían perdido del todo.
Corrían los días de diciembre del año anterior, y todos en la empresa fueron convocados para pasar un día de campo como despedida de un año altamente productivo. Ramona, entusiasta como siempre, decidió llevarse su vestido corto, de color azul y tela en seda trasparente, el mismo que dejaba al descubierto su pecho prominente y perfecto, sus curvas dibujadas con maestría y su ropa íntima preferida, la de encajes blancos fijados a una brillante tela de color negro que parecía hacer parte de su tersa piel. La Leona era conocida por sus posturas libertarias y por su filosofía acerca de la ropa de la mujer y del respeto que esta merecía, sin importar el tipo de atuendo que llevara puesto. Todos en la compañía estaban acostumbrados a sus cortas minifaldas y a sus escotes prominentes, a los que nadie dudaba en juzgar como explosivos e insinuantes. De nada habían servido las reprimendas y castigos recibidos por las directivas, que alegaban la violación a las reglas de convivencia de la empresa, porque acto seguido, la Leona acudía a todo tipo de herramientas legales para hacer valer su derecho al libre desarrollo de la personalidad. Sus discursos con determinación acerca de la libertad de la mujer para la toma de decisiones, siempre y cuando sus actuaciones no afectaran a nadie, le habían valido para lograr liderazgo y respeto entre las mayorías femeninas, así como entre algunos de sus compañeros varones dentro de la organización, que acompañaban y respaldaban en público y en privado sus posturas rebeldes.
Ese día, en la fiesta campestre de despedida del año laboral, lucía más hermosa que nunca. El cabello suelto y el suave maquillaje lo combinó con su vestido corto, azul y de tela de seda trasparente, ese que tan sólo servía como un accesorio para un cuerpo lleno de belleza y sensualidad, la misma que llevaba con orgullo para demostrar que una mujer no tenía por qué ser acosada o irrespetada en ocasión a su vestimenta. La belleza la llevaba con gallardía, rebeldía y algo de provocación ante las miradas de asombro de todos y de todas, para ella, ese día, su belleza más que un accidente de la naturaleza, era el instrumento para entregar un mensaje de libertad, respeto e igualdad. Ella quería convencerlos que la belleza femenina en toda su dimensión no tenía por qué ser un peso difícil de llevar, no tenía que ser entendida como un letrero de aviso para ser acosada y hasta atacada, no tenía por qué ser un rasgo de distinción o de exclusión, no tenía que ser, de ninguna manera, un aspecto negativo contra el cual mujer alguna tuviera que luchar para defenderse. A todas les hablaba de la belleza de todos. A todos los invitaba a buscar su lado bello, su mirada bella, su pensamiento bello, su perfil bello, su sonrisa bella, su pose bella, su cuerpo bello, su rostro bello, y una vez lo encontraran, debían mostrárselo al mundo, con orgullo, con fuerza, con pasión, eso sí, siempre exigiendo respeto y libertad. Pero no todos lo entendieron así, no todos estaban listos para asimilar la dimensión espiritual y profunda de la belleza; algunos preferían pensar que era algo externo a cada quien, alguno ajeno al alma, en vez de convencerse de la conexión íntima que existe entre cada rasgo exterior, con cada particularidad del ser.
En la fiesta de despedida de fin de año, luego de muchas miradas de asombro y desaprobación al vestido, vinieron los irrespetos de algunos hombres alicorados, que entendieron la exposición del cuerpo de Ramona como un llamado a tocar y a mirar con morbosidad. La respuesta de la Leona fue explosiva y en cuestión de segundos, estaba enfrentándose con sus propios puños a la manada de borrachos que querían lograr un agarrón de nalga como trofeo. Las discusiones y los enfrentamientos subieron de tono cuando algunas de sus compañeras de trabajo salieron en su defensa, y al son de gritos lanzados en coro, comenzaron a exigir respeto a los hombres del lugar. La solidaridad se hizo presente, no sólo para proteger a Ramona, sino, además, para acompañarla en la lucha de aquel día, lo que sirvió para motivarla a ella a seguir con más fuerza en cada instante que transcurría. La situación se salió de control cuando aparecieron las denuncias a viva voz sobre acosos sexuales recientes y pasados de jefes a sus subordinadas dentro de la empresa. Era un caos de voces altisonantes, empujones y cachetadas atrasadas que terminó con la fiesta y con el lugar en donde se realizaba. La Leona Ramona asumió toda la responsabilidad de los hechos, así que sus compañeras de protesta laboral terminaron exoneradas de cualquier compromiso judicial, aunque fueron expulsadas de la empresa de forma inmediata.
De la fiesta de campo, la Leona fue conducida a la Estación de Policía de la localidad más cercana, aún ataviada con su vestido corto, azul y tela de seda trasparente y en cuestión de horas, se dio su ingreso a la Cárcel Femenina del Distrito, en donde fue recibida con una cerrada ovación ofrecida por todas las reclusas que ya estaban enteradas de las hazañas de libertad y respeto de Ramona. Fueron doce meses de reclusión en donde se dedicó a brindarles charlas jurídicas y sobre Derechos Humanos a todas las reclusas, sin importar la pena que estuvieran cumpliendo dentro de la cárcel. Fueron 365 días que sirvieron para que en la ciudad naciera y creciera como espuma la imagen de la Leona Ramona, la única mujer capaz de hablar, vestir, pensar y actuar con libertad en un mundo creado y dominado por hombres. Cuando se cumplió su pena, no dudó en exigir su vestido corto, azul y de tela de seda transparente y sus manos esposadas para salir del penal con la frente en alto y la mirada al cielo, esperando encontrar en la puerta a los medios de comunicación y a las miles de mujeres que le escribieron manifestándole su apoyo durante sus días de reclusión.
En aquella mañana de sol y brisa fresca, Ramona sólo pensaba en el momento en que estaría en frente de todos, para repetirle con ganas al mundo la frase que se volvería símbolo de la lucha femenina, y así lo hizo. Con los micrófonos en frente, mientras esperaba a sus carceleros para que le quitaran las esposas, Ramona gritó con fuerza “MUJERES QUE PIENSAN, MUJERES QUE DECIDEN, MUJERES QUE PUEDEN”, pero medio segundo antes de terminar la consigna rebelde, pudo ver a la distancia el brillo del cañón del rifle que disparó la bala que atravesó su cráneo, convirtiendo en una leyenda eterna de la libertad a la leona del vestido corto, azul y tela de seda transparente.
